Psicología y Habilidades Sociales

Relaciones sociales: su desarrollo desde la infancia y en el colegio.


Los seres humanos somos seres sociales, necesitamos comunicarnos con los demás para poder sobrevivir. Por ello, los casos de niños/as abandonados/as o el famoso caso del niño salvaje que no se relacionaba con otras personas (la película “El pequeño salvaje”, 1969, es un buen ejemplo de ello, adjunto fotografía del filme más abajo), dejan ver que si no socializamos nuestro desarrollo es inferior y carente a muchos niveles, no sólo el social.

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Prueba de ello es que nuestro desarrollo social comienza ya en los primeros años de vida. Durante los tres primeros años, aparece el apego, fundamentalmente con la figura materna. El apego es el vínculo afectivo, activo y recíproco, que el niño establece con una o varias personas del sistema familiar. Y se manifiesta buscando a la figura de apego, resistiéndose a la separación de ella y usándola como base para explorar el mundo. El apego es el vínculo emocional más importante en la primera infancia y, de hecho, determina en gran parte el desarrollo social del/de la niño/a en el futuro. Su autor, Bowlby, estableció una relación entre la calidad del vínculo de apego y la futura salud mental del individuo; cuánto mejor sea la relación íntima con la madre en los primeros años de vida, mejor será la salud mental del bebé. De manera que nuestro primer vínculo social lo establecemos con nuestra madre.

En torno a los dos años de vida, el bebé empieza a mostrar ansiedad ante un extraño, que se traduce en preferencia por las figuras de apego sumada a la desconfianza ante las personas y lugares extraños. Y, paralelamente, también aparece la ansiedad por separación, que se dispara cuando un/a cuidador/a conocido/a se va.

Aquellos/as bebés que no hayan podido establecer un buen vínculo de apego durante estos tres primeros años, pensemos por ejemplo en niños o niñas que hayan estado en varias casas de acogida o a los que se  les haya privado de muestras de afecto, mostrarán con alta probabilidad problemas relacionales en el futuro. 

Desde los tres hasta los seis años, nuestra manera de socializar se traduce en el juego y el concepto de amistad es tan simple como “es mi amigo porque juega conmigo a la pelota”. Paralelamente vamos adquiriendo la identidad de género y el auto-concepto.

Ya en la niñez intermedia (de los seis a los once años) vamos desarrollando la moralidad, la comprensión de las normas sociales, del bien del grupo…se va entendiendo el sistema social de normas y los derechos de los individuos.

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¿Cuándo pueden torcerse las cosas? Rasgos como la introversión, la timidez, o la falta de habilidades sociales tienen, fundamentalmente, su mayor manifestación en la preadolescencia y la adolescencia (a partir de los siete u ocho años en adelante). Digamos que en los primeros años de vida nos relacionamos de una manera más fácil y espontánea porque todavía no tenemos desarrolladas muchas de las emociones negativas ni mucho raciocinio. A lo largo de la adolescencia experimentamos la comprensión de nuestra identidad, de nuestra personalidad. La identidad se forma cuando se resuelven las siguientes problemáticas: la elección de una ocupación, la adopción de valores en los que creer y el desarrollo de una identidad sexual satisfactoria. De manera que es una etapa especialmente delicada. Muchas cuestiones están en juego, y el resultado es muy importante y determinante.

Es en los años de colegio y de adolescencia dónde la combinación casa+colegio puede ir haciendo mella, hacia un resultado positivo o un resultado negativo. Desde las teorías más integradoras, las personas somos una combinación de nuestros rasgos de personalidad o nuestra individualidad digamos, y los factores del ambiente, en este caso la educación familiar y el colegio.

El Modelo del Déficit Conductual defiende que el desarrollo social es inadecuado porque las respuestas necesarias no fueron adquiridas en la infancia, se cuenta con pocas experiencias sociales, las pautas educativas no han sido apropiadas y la interpretación que se ha hecho de ellas ha sido inadecuada.

El Modelo de Ansiedad Condicionada entiende que la persona no sabe desenvolverse en un contexto social porque estas conductas han sido castigadas en su día y ha adquirido ansiedad ante estas situaciones.

Y, por su parte, el Modelo de Cogniciones Inadecuadas habla de que, en ocasiones, la conducta social deseada no se produce debido a la existencia de pensamientos negativos que tiene el individuo acerca de sí mismo. Es decir, reflejo de inseguridades y baja autoestima.

Estos tres modelos hablan de personas carentes de habilidades sociales. En todos los casos sería necesario un entrenamiento en las mismas y, sobretodo, entender la importancia de la prevención llevada a cabo desde casa y desde el colegio durante los primeros años de vida. El desarrollo psicosocial constituye una parte muy importante de nuestra identidad y nuestra autoestima.

Muchas gracias por leerme. ¡Hasta la semana que viene!

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La diferencia entre cuidar y sobreproteger a nuestros/as hijos/as

¿Qué peligros acarrea sobreproteger a nuestros/as hijos/as?


 

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Llevaba tiempo con ganas de escribir este artículo. Después de impartir varias charlas en colegios, de llevar casos de niños/as y adolescentes en consulta, de analizar programas de televisión en los que los protagonistas son los más peques, de ver a niños/as en el parque, escuchar conversaciones…he llegado a unas cuantas conclusiones que me gustaría compartir con vosotros/as.

Yo no soy madre, y me imagino lo difícil que será desempeñar ese rol. Pero sí fui (y soy) hija y ahora que empiezo a tener algo de sensatez y un poquito de experiencia me he dado cuenta de cosas.

Partimos de que una vez llegamos al mundo somos seres dependientes, dependemos de nuestra madre para alimentarnos de su lactancia, dependemos de los adultos para poder movernos en el espacio, para poder descansar, en definitiva, para poder satisfacer todas nuestras necesidades. Por ello un bebé abandonado tiene muy pocas posibilidades de sobrevivir. Nacemos siendo dependientes, correcto. Pero esa dependencia debe de ir disipándose poco a poco si queremos que nuestro hijo/a adquiera herramientas autónomas para años sucesivos.

Son en estos primeros años de vida en los que la pequeña criatura reside en la famosa “zona de confort”, en la que todo lo conoce (o lo va descubriendo) y todo lo controla. Pero debemos saber que en cuanto empiece el colegio ya va a dar el primer paso hacia la “zona de lo desconocido”, aquella que nos permite atrevernos a las cosas y adquirir seguridad. En la que no todo se puede controlar y empezará a equivocarse, a ser castigado/a si no hace bien las cosas, a necesitar esforzarse para conseguir sus objetivos…etcétera, es decir, a adquirir una mentalidad más autónoma y madura. Algo muy necesario y muy sano.

El primer error que yo percibo es el hecho de “salvar” a nuestro/a hijo/a de todas las situaciones, y de justificarlo/a de sus errores. Ya desde hace muchos años son varios los autores que hablaban de las denominadas emociones vitales, como el miedo, la sorpresa, la alegría, la tristeza…y voy un poco más allá, la frustración. Los niños/as necesitan experimentar estas emociones, SON VITALES, necesitan saborear el fracaso, la vergüenza, la tristeza, la decepción, el dolor, etc. para poder así aprender a manejarlas y gestionarlas de manera adecuada en el futuro. Necesitan equivocarse y, aunque suene un poco duro, pasarlo mal. ¿A qué me refiero? La vida de los adultos no es fácil ni segura, hay muchos obstáculos, muchas situaciones injustas, muchos momentos difíciles…todo esto tenemos asegurado que llegará, por ello es necesario desde pequeños/as haber desarrollado herramientas que nos permitan solventar estas circunstancias y centrarnos en soluciones. Y si no lo hacemos en los primeros años de vida, si llega a adolescente sobreprotegido/a, será más difícil reconducirlo/a y enseñarle a afrontar de manera correcta y beneficiosa muchas situaciones. Todo le costará mucho más.

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Volviendo a mi experiencia como hija, si viajo hasta mi infancia, recuerdo haberme dado golpes dolorosos, sentir miedo a la oscuridad, haber comido tierra y flores, haberme perdido en conversaciones con mis hermanos rodeados de naturaleza y con unos cuantos negrones en las piernas, haber jugado al fútbol un deporte en el que siempre perdía, temerle a los gritos de mi madre cuando hacía algo mal, y temer también el momento en el que abrieran la agenda del cole y vieran la nota de la profesora, recuerdo castigos de mis hermanos, verles heridas o incluso brechas en la cabeza, recuerdo esperar en casa con otro adulto a que mis padres llegaran de trabajar, acostumbrarme a que papá y mamá no siempre podían estar en casa ni siempre podían estar conmigo (ellos también tenían su vida y por ello no dejaban de quererme), recuerdo enfadarme, entristecerme con mi primer suspenso, sentir vergüenza por un juguete que me llevé de clase y, bueno…digamos que así fui aprendiendo. Qué extrañas pueden sonar algunas cosas y qué maravillosos recuerdos son para mí.

Creo que en la actualidad se ha perdido un poco la espontaneidad, la naturalidad y esa tan importante necesidad de que los niños/as experimenten por sí solos/as. Nacemos como una “tábula rasa”, en blanco, y vamos adquiriendo experiencias y emociones que debemos ir identificando para adjudicarles herramientas y saber gestionarlas en el futuro. Es muy perjudicial adquirir la mentalidad de “haga lo que haga, mis padres me salvarán”. Gran error.

La combinación de sobreprotección + dependencia puede llegar a ser muy tóxica, y traducirse a la larga en chantajes, agresividad y manipulación por parte de los hijos/as.

En ocasiones también proyectamos en la vida de nuestros hijos/as nuestra propia vida, nuestros propios errores, y por ello nos esforzamos al máximo para que ellos/as no vivan esas experiencias por miedo a que pasen lo que pasamos nosotros. Y esto es perjudicial. Es otra forma de tener miedo a que experimenten dolor.

¿Cómo aprenderemos si no es a través de nuestros errores? Atrévete a que tu hijo/a tome malas decisiones y se equivoque.

Por todo esto, llega un momento en el que es sano tomar cierta distancia de nuestros progenitores e ir desarrollando nuestra propia moral y nuestro propio panel de emociones. Así, una tarea fundamental en terapia infantil es el trabajo con las mismas y su identificación.

¿Cómo me siento y cómo puedo sentirme mejor? Cuanto antes le den respuesta a esta pregunta, más fácil será todo.

Muchas gracias por leerme. ¡Hasta la semana que viene!

Consejos para vencer la preocupación excesiva

La preocupación ha sido definida como el sentimiento que nos inmoviliza en el presente por cosas que pueden llegar a suceder en el futuro. Al igual que la culpabilidad, se trata de una emoción 100% inútil. ¡No hay de qué preocuparse! ¡Absolutamente nada! El hecho de preocuparnos no va a hacer cambiar nada.

Preocuparse está relacionado con la ansiedad puesto que el futuro es impredecible y desconocido para tod@s nosotr@s, no podemos controlarlo ni saber qué pasará. De hecho, las personas con diagnóstico de Trastorno por Ansiedad Generalizada (TAG) se caracterizan por presentar una preocupación crónica y constante que afecta a todas las áreas de su vida. Desarrollan la tendencia a sentirse siempre preocupados por algo o por alguien, y esto hace que la ansiedad sea el síntoma principal del trastorno.

La preocupación no siempre es perjudicial como tal, puede tener una ventaja si la utilizamos como la fuerza o energía que nos va a llevar a protegernos o a solucionar un problema. Por ejemplo, me preocupa contagiarme de una ETS y por eso utilizo siempre preservativo en mis relaciones sexuales. Bien hecho. La sociedad  y la cultura también han contribuido a esto alentando la idea de que preocuparse es humano, que quien no se preocupa es alguien a quien no le importa nada. “Si quieres a alguien debes preocuparte por él/ella”, “No puedo dejar de preocuparme porque te quiero”. El lado perjudicial de todo esto llega cuando la preocupación se vuelve excesiva, constante, cuando nos bloquea y nos inmoviliza en el presente dejándonos sin recursos. Cuando se convierte en algo que no logramos sacar de la cabeza.

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Siguiendo esta línea, podemos hacer distinción entre “preocupación” como aquella emoción que nos empuja a dirigirnos hacia la solución (si me preocupa mi alimentación, me encargaré de prepararme la comida al llegar del trabajo), y la “metapreocupación” que sería la patológica y hace referencia a preocuparnos en exceso por la propia preocupación (me preocupa estar tan preocupado/a por la alimentación, y esto me lleva a contar obsesivamente todas las calorías ingeridas a lo largo del día y a desarrollar un desorden alimentario).

Vivir con una preocupación excesiva es malvivir, es vivir con una angustia constante y con la eterna frustración de sentir que no estamos solucionando nada.

Por ello, aquí os dejo cinco consejos para poder combatir las preocupaciones excesivas:


Aceptar la incertidumbre, la vida es insegura. Con el transcurso de los años nos damos cuenta de que es muy poco aquello que podemos controlar (solamente lo que reside en nuestra zona de confort), que la vida es insegura como tal, impredecible y cargada de incertidumbre. Debemos aceptar que esto es y será siempre así y que no es nada malo. Llegar a este punto ayudará a evitar muchas preocupaciones absurdas.


Establecer un tiempo para preocuparse: “la hora de preocuparse”. Aunque parezca una pauta poco relevante, puedo asegurar que es muy efectiva. Cuando algo se convierte en preocupante es porque estamos dedicando todos o casi todos nuestros recursos atencionales a ello, y todo o casi todo nuestro tiempo a darle vueltas. Se convierte en una obsesión. Por ello, resulta muy beneficioso marcarnos una hora al día (si puede ser no hacerla coincidir con la hora antes de dormir) en la que nos vamos a permitir preocuparnos y dejar que la cabeza centrifugue. El resto del día será para nosotros. Con esto reducimos la importancia que le estamos dando al problema la cual, sin duda, es mucho mayor que la que realmente le corresponde. Esta es una técnica que se utiliza en general para las obsesiones y que resulta muy efectiva.


Eliminar los pensamientos negativos: ¿qué le diría a otra persona si estuviera en mi situación? La preocupación excesiva va siempre acompañada de pensamientos negativos, irracionales e irrealistas que contribuyen a magnificar el problema. Para poder combatir esto, plantéate: si le pasara a un amigo/a ¿qué consejo le daría? Y esa respuesta es la que realmente te permitirá ver con lucidez el problema. ¡Pruébalo! ¿A que visto así no es tan grande?

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Poner en práctica actividades o ideas que ayuden a desconectar. Debemos cuidar de nosotros mismos ya que una preocupación así nos desgasta mucho física y mentalmente. Empieza a pensar en tu descanso (¡importantísimo!), tu alimentación, tu ocio…Todas ellas son  actividades incompatibles con la ansiedad y que te ayudarán a ver la luz al final del túnel. Compartir el problema con alguien tomando un café también ayuda a ver que existen alternativas y que no todo es tan negro como nos lo parece. “Un problema entre dos no pesa tanto”. Atrévete a confiar en alguien, sin duda, te ayudará.

En definitiva, la conclusión a la que tenemos que llegar es que debemos ir adquiriendo la mentalidad de PROBLEMA- SOLUCIÓN, dándonos permiso para preocuparnos por el camino siempre y cuando esta preocupación sea sana y nos llene de energía positiva. De lo contrario, ¡despéinate!

¡Muchas gracias por leerme! ¡Hasta la semana que viene!

Psicología y comunicación


¿DE QUÉ MANERA EXPRESAS LO QUE PIENSAS? O, bueno… ¿EXPRESAS LO QUE PIENSAS?


Asertividad, agresividad y pasividad.

Cada vez somos más los que utilizamos el término asertividad para hacer referencia a un estilo de comunicación. ¿Sabéis lo que significa ser asertivo? Somos asertivos cuando expresamos lo que pensamos y cómo nos sentimos, sin herir los sentimientos ni los derechos de la otra persona. Es un estilo que beneficia tanto al emisor (la conciencia se queda tranquila porque hemos expresado lo que pensamos) como al receptor (recibe el mensaje de una manera más positiva y lo tiene más en cuenta).

Todo lo que se refiere a los estilos de comunicación es muy interesante, puesto que guarda relación no sólo con lo psicológico y con nuestros rasgos de personalidad sino también con temas orgánicos, por ejemplo, problemas cardiovasculares, enfermedades degenerativas, cáncer, etc. De ahí la desmesurada importancia que envuelve a este tema.

Las personas que adquieren un estilo comunicativo agresivo, que veremos a continuación cuáles son sus características, son personas mucho más hostiles y con una elevada ira que puede traducirse en problemas cardiovasculares a la larga; las emociones son expresadas pero no de una manera correcta, ni en lo verbal ni en lo corporal. El mensaje es emitido como una amenaza o ataque. Por otra parte, las personas que adquieren un estilo evitativo/pasivo son personas que prefieren no expresar lo que piensan por miedo a ocasionar un conflicto o una pérdida, es decir, va asociado a la inhibición de las emociones y ésta a su vez al cáncer. La desesperanza, la inhibición de las emociones, la inexpresividad…son rasgos de personalidad que muchos estudios han vinculado al cáncer. Sin embargo, la asertividad aparece asociada a alta autoestima, seguridad en uno mismo y bienestar emocional. Ya no sólo es decir lo que se piensa, un agresivo también lo hace, sino saber decir lo que se piensa utilizando el lenguaje verbal y no verbal oportuno y el momento adecuado. Dentro del mundo de la asertividad, también encontramos la capacidad para saber decir que no, por ejemplo. A continuación os resumo las características de cada uno de estos tres estilos, ¿cuál crees que es el tuyo?

Artículo 13

AGRESIVO

Provoca tensión y puede ser intimidante: “Más vale que hagas…”

No acepta opiniones: “Esto no me gusta, repítelo…”

Impone sin considerar a otros: “Aquí se hacen las cosas como yo digo…”

ASERTIVO

Demuestra que escucha y entiende hechos: “Entiendo tu comentario”

Dice lo que piensa u opina y considera a los otros: “Sin embargo yo pienso que…”

Aporta y encamina las cosas para que sucedan: “Yo les quiero sugerir…”

PASIVO

No define hechos ni opiniones propias: “Creo…que…eh…”

Permite que otros escojan o se aprovechen: “Lo que digas está bien”

Ocasionalmente expresa sus opiniones: “Puede ser que…”

Al leer estas características quizás hayas recordado situaciones en las que tú, o una persona cercana, haya adquirido un estilo u otro y el cómo se siente después. Un agresivo no se queda en paz después de expresar altivamente sus comentarios, un evitativo siente rabia por las situaciones en las que no se ha pronunciado y un asertivo está tranquilo por su actuación y su aportación.

También podemos tener un estilo asertivo por tendencia general, pero mostrarnos agresivos o pasivos en determinadas situaciones por factores externos (o no nos compensa dar nuestra opinión, o le tememos a la otra persona, o perdemos momentáneamente el control, etc.).

Trabajar la asertividad es de vital importancia, nos ayuda en situaciones laborales, personales, de pareja, amistad…es una habilidad social esencial para cualquier situación, y requiere entrenamiento. Las aptitudes asertivas se van adquiriendo poco a poco. Dedicaré otro artículo a hablar exclusivamente de la asertividad y de cómo entrenarla. Son herramientas que permiten aumentar el autoestima, la seguridad y el correcto afrontamiento de situaciones.

¿Consideras que eres asertivo/a? ¿Lo entrenamos?

Muchas gracias por leerme, ¡hasta la semana que viene!