Psicología y Habilidades Sociales

Relaciones sociales: su desarrollo desde la infancia y en el colegio.


Los seres humanos somos seres sociales, necesitamos comunicarnos con los demás para poder sobrevivir. Por ello, los casos de niños/as abandonados/as o el famoso caso del niño salvaje que no se relacionaba con otras personas (la película “El pequeño salvaje”, 1969, es un buen ejemplo de ello, adjunto fotografía del filme más abajo), dejan ver que si no socializamos nuestro desarrollo es inferior y carente a muchos niveles, no sólo el social.

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Prueba de ello es que nuestro desarrollo social comienza ya en los primeros años de vida. Durante los tres primeros años, aparece el apego, fundamentalmente con la figura materna. El apego es el vínculo afectivo, activo y recíproco, que el niño establece con una o varias personas del sistema familiar. Y se manifiesta buscando a la figura de apego, resistiéndose a la separación de ella y usándola como base para explorar el mundo. El apego es el vínculo emocional más importante en la primera infancia y, de hecho, determina en gran parte el desarrollo social del/de la niño/a en el futuro. Su autor, Bowlby, estableció una relación entre la calidad del vínculo de apego y la futura salud mental del individuo; cuánto mejor sea la relación íntima con la madre en los primeros años de vida, mejor será la salud mental del bebé. De manera que nuestro primer vínculo social lo establecemos con nuestra madre.

En torno a los dos años de vida, el bebé empieza a mostrar ansiedad ante un extraño, que se traduce en preferencia por las figuras de apego sumada a la desconfianza ante las personas y lugares extraños. Y, paralelamente, también aparece la ansiedad por separación, que se dispara cuando un/a cuidador/a conocido/a se va.

Aquellos/as bebés que no hayan podido establecer un buen vínculo de apego durante estos tres primeros años, pensemos por ejemplo en niños o niñas que hayan estado en varias casas de acogida o a los que se  les haya privado de muestras de afecto, mostrarán con alta probabilidad problemas relacionales en el futuro. 

Desde los tres hasta los seis años, nuestra manera de socializar se traduce en el juego y el concepto de amistad es tan simple como “es mi amigo porque juega conmigo a la pelota”. Paralelamente vamos adquiriendo la identidad de género y el auto-concepto.

Ya en la niñez intermedia (de los seis a los once años) vamos desarrollando la moralidad, la comprensión de las normas sociales, del bien del grupo…se va entendiendo el sistema social de normas y los derechos de los individuos.

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¿Cuándo pueden torcerse las cosas? Rasgos como la introversión, la timidez, o la falta de habilidades sociales tienen, fundamentalmente, su mayor manifestación en la preadolescencia y la adolescencia (a partir de los siete u ocho años en adelante). Digamos que en los primeros años de vida nos relacionamos de una manera más fácil y espontánea porque todavía no tenemos desarrolladas muchas de las emociones negativas ni mucho raciocinio. A lo largo de la adolescencia experimentamos la comprensión de nuestra identidad, de nuestra personalidad. La identidad se forma cuando se resuelven las siguientes problemáticas: la elección de una ocupación, la adopción de valores en los que creer y el desarrollo de una identidad sexual satisfactoria. De manera que es una etapa especialmente delicada. Muchas cuestiones están en juego, y el resultado es muy importante y determinante.

Es en los años de colegio y de adolescencia dónde la combinación casa+colegio puede ir haciendo mella, hacia un resultado positivo o un resultado negativo. Desde las teorías más integradoras, las personas somos una combinación de nuestros rasgos de personalidad o nuestra individualidad digamos, y los factores del ambiente, en este caso la educación familiar y el colegio.

El Modelo del Déficit Conductual defiende que el desarrollo social es inadecuado porque las respuestas necesarias no fueron adquiridas en la infancia, se cuenta con pocas experiencias sociales, las pautas educativas no han sido apropiadas y la interpretación que se ha hecho de ellas ha sido inadecuada.

El Modelo de Ansiedad Condicionada entiende que la persona no sabe desenvolverse en un contexto social porque estas conductas han sido castigadas en su día y ha adquirido ansiedad ante estas situaciones.

Y, por su parte, el Modelo de Cogniciones Inadecuadas habla de que, en ocasiones, la conducta social deseada no se produce debido a la existencia de pensamientos negativos que tiene el individuo acerca de sí mismo. Es decir, reflejo de inseguridades y baja autoestima.

Estos tres modelos hablan de personas carentes de habilidades sociales. En todos los casos sería necesario un entrenamiento en las mismas y, sobretodo, entender la importancia de la prevención llevada a cabo desde casa y desde el colegio durante los primeros años de vida. El desarrollo psicosocial constituye una parte muy importante de nuestra identidad y nuestra autoestima.

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¿Cómo enfrentarse al mal humor de nuestra pareja?

¿Cómo hacerle frente a esos días de mal humor de nuestra pareja? ¿Cómo gestionar su hostilidad? ¿Cómo evitar el caos?


 

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La primera idea que me gustaría transmitiros es que hay unos “truquillos” para que podamos atenuar el mal humor o los días grises de nuestra pareja…y voy más allá, de nuestro amigo/a, nuestra madre, padre, hijo/a, nuestro compañero de clase, de trabajo, etcétera. Es decir, de alguien con quien mantengamos una relación estrecha. Aunque hoy me centraré en el área de la pareja. Y hablo de estos “trucos” porque lo fácil ante el mal humor injustificado de la otra persona es dejarse llevar, y generar entre los dos un conflicto sin pies ni cabeza. Desde nuestra consulta de psicología en Vigo llevamos a cabo terapias cuyo objetivo es facilitarle a las parejas las herramientas necesarias para gestionar estas situaciones mejor.

El primer ingrediente que necesitamos es un minuto de calma, que nos permita distanciarnos del mal humor de la otra persona, tomar aire y pararnos a pensar “¿por qué se siente así?”. Siempre habrá una razón y de esta manera lo veremos desde otra perspectiva. En ocasiones será consecuencia de pequeñeces que se van acumulando y provocan, finalmente, ese estado de malestar. Otras veces tendrá que ver con un tema que está en la cabeza y que le afecta emocionalmente. También podrá estar relacionado con un día malo en el trabajo. O, simplemente, está de mal humor y punto.

Así que la EMPATÍA y ponernos en el lugar del otro, entenderle (que no tiene por qué implicar justificarle) es lo primero que debemos hacer y lo que más reconfortará a la otra persona. Esto se puede practicar repitiendo lo que la persona mal humorada ha dicho, clarificando que hemos recibido su mensaje, que la hemos escuchado y entendido. En este sentido, una manera de ser empático podría ser utilizar esta frase: “Pareces realmente cansado esta noche (aquí transmitimos nuestra comprensión), pero a pesar de eso quiero hablar de nuestros planes para el fin de semana”. Así, nuestra pareja va a enfrentarse a una conversación que quizás no le apetezca pero que se le ha comunicado de una manera atractiva y tranquila.

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A continuación cito otras formas de hacerle frente al constante mal humor de nuestra pareja:

  • Ignorar. Lo fácil y más accesible cuando alguien se dirige a nosotros borde o nos transmite su mal humor, es contestarle de la misma manera puesto que no nos parece justo. Pero cuando es nuestra pareja quien está así esto no va a servir de nada. Va a suponer una discusión gratuita. Lo mejor es no prestarle atención. En psicología a esta técnica se le conoce como extinción, que se traduciría en términos coloquiales: “¿Estás de mal humor?, pues no te voy a hacer ni caso. Esperaré a que se te pase”. Y así conseguimos que los síntomas se atenúen.
  • Desarmar ese momento de tensión con gestos positivos. Dar abrazos, caricias, besos…limará la tensión y el malestar de nuestra pareja.
  • Cambiar el tema hacia una actividad placentera para hacer los dos juntos. “¿Qué te parece si escogemos una peli y hacemos palomitas?”.
  • Utilizar el humor. Aunque pueda parecer una técnica sin sentido, sacar la lengua, hacer cosquillas, o algo que pueda hacer reír al cónyuge malhumorado puede ayudar a ponerle fin a esa situación.
  • Cuando una situación de mal humor es reiterativa e injustificada (por ejemplo, siempre te enfadas cuando estamos saliendo de fiesta) y la persona no sabe corregirlo, afectando esto a la pareja, lo mejor es distanciarse de ella por un tiempo y no dejarse influir por su mal humor. “Yo no voy a estropear mi noche porque tú estés de mal humor”.
  • Irse fuera por un tiempo. Abandonar el contexto en el que se ha generado la tensión, tomar aire y volver. Esta es una técnica de auto-control, y ayuda a ver lo sucedido desde otra perspectiva. Lleva el nombre de “time-out”. “Voy a dar un paseo. Vuelvo en veinte minutos”.
  • Trabajar lo primero que se dicen nada más reencontrarse. Que los saludos sean positivos y cariñosos. Lo primero que se dice tras un tiempo sin verse con la pareja puede evitar muchas situaciones conflictivas a posteriori. 

Como veis, son técnicas fáciles de aplicar y que pueden ayudar a evitar muchos conflictos en las parejas. Os animo a que las pongáis en práctica y os hagáis la vida un poquito más fácil.

En Adamia Psicología llevamos a cabo terapias personalizadas en las que analizamos todas aquellas áreas que están fallando en la relación y marcamos las pautas necesarias para que nuestro trabajo junto con el de los pacientes se convierta en una terapia de pareja exitosa.

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¡Te esperamos!

¡Hasta la semana que viene!

 

 

 

¿Cómo afronto un suicidio?

El hecho de perder a alguien importante, sea del tipo que sea esta pérdida, es algo doloroso para quien, por desgracia, le toca vivirlo. Desde el ámbito de la psicología consideramos que todo el mundo que se encuentra en un momento duro, debería sentirse acompañado y, además, conseguir superar el asunto en cuestión. En la semana mundial del suicidio queremos unirnos a la lucha que muchas familias llevan a cabo en momentos de desesperación, tristeza y culpabilidad cuando un familiar se quita la vida. Entendemos que son momentos muy difíciles, ya no sólo porque sabes que ya no está, sino también por la incertidumbre de si se pudo haber hecho algo.

Lo cierto es que lidiar con esos sentimientos no es fácil. Los sentimientos que pueden rodear a una persona que está pasando un proceso de duelo van desde la tristeza, ansiedad o impotencia hasta el enfado, la culpa o el shock. Además de los sentimientos, hay sensaciones físicas como la sensación de ahogo o pensamientos de incredulidad, preocupación o confusión. Hay muchas manifestaciones a lo largo del proceso de duelo pero el reconocimiento y disminución de todas ellas, permiten llegar al final del proceso, es decir, a la aceptación de la pérdida.

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Para llegar a dicha aceptación, hay que pasar un proceso de duelo, el cual es un proceso duro y doloroso que hace falta conocer para entender qué sentimos, por qué lo sentimos y cómo empezar a encontrarnos mejor. Este proceso se compone de 5 fases y, aunque no todas las personas pasan por las cinco fases, es muy habitual que se vayan sucediendo unas a otras. Las más conocidas y utilizadas por los terapeutas son las siguientes (Kübler-Ross, 2006):

  1. Negación: en esta fase no se entiende que lo perdido no va a volver, nos negamos a nosotros mismos lo que es cierto. Esta fase nos ayuda a dosificar el dolor de la pérdida, ya que deja entrar de golpe todos los sentimientos asociados a ella.
  2. Ira: la manifestación de la ira puede darse de diferentes maneras. En el caso del suicidio la ira puede darse contra la persona que falleció, contra uno mismo, contra sus seres más cercanos… la ira solamente será manifestada cuando nos sintamos lo bastante seguros como para saber que sobreviviremos al proceso de duelo.
  3. Negociación: en esta fase nos planteamos ciertos aspectos a mejorar en nuestro día a día, con el fin de que la pérdida que estamos sufriendo haya sido mentira y podamos volver a recuperarla. La negociación puede tener diferentes funciones como aliviar temporalmente el dolor que conlleva el duelo, permitir a la mente pasar de un estado de pérdida a otro o ser una estación intermedia que procura a nuestro corazón el tiempo que necesita para adaptarse.
  4. Depresión: aquí es donde el duelo se vuelve más profundo. Es importante que entendamos que esta depresión no es un síntoma de enfermedad mental, sino la respuesta adecuada ante una gran pérdida. Este periodo sirve para que evaluemos de forma real la pérdida, ayudándonos a reconstruirla de nuevo desde la nada.
  5. Aceptación: aceptar la pérdida no quiere decir que ya no pensemos en ella, sino que hemos aprendido a vivir así a lo largo de este tiempo. La curación del duelo se refleja en las acciones de recordar, recomponerse y reorganizarse. Por eso, no podemos tener miedo a aceptar a la pérdida, ya que aceptarla no quiere decir olvidarla, sino que podemos empezar a seguir nuestra vida de la mejor forma que podemos.

Se podría decir que estas fases son adaptativas, es decir, nos ayudan a superar la pérdida con el paso del tiempo. Hay personas que necesitan más tiempo para recuperarse y personas que necesitan menos. Lo importante es que nos sintamos arropados y podamos ir poco a poco siendo conscientes de la situación y dejando a un lado la culpa que podamos sentir. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando estas fases duran años?

Hay pérdidas que nos impiden aceptarlas y el proceso de duelo es desadaptativo, en este caso es conveniente que las personas busquen ayuda externa para que les ayuden a ir pasando por estas fases y a ir dejando todos los sentimientos y pensamientos asociados que no se lo permiten. Todas las pérdidas son duras y ningún proceso de duelo es agradable, pero sabiendo lo que ocurre en cada fase nos puede facilitar, en parte, conocer qué es lo que sentimos y por qué.

Desde Adamia Psicología mandamos un abrazo muy fuerte a todas las personas que estén pasando un momento complicado y doloroso. Os animamos a luchar a conseguir una aceptación que pueda satisfacer vuestra vida.

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La diferencia entre cuidar y sobreproteger a nuestros/as hijos/as

¿Qué peligros acarrea sobreproteger a nuestros/as hijos/as?


 

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Llevaba tiempo con ganas de escribir este artículo. Después de impartir varias charlas en colegios, de llevar casos de niños/as y adolescentes en consulta, de analizar programas de televisión en los que los protagonistas son los más peques, de ver a niños/as en el parque, escuchar conversaciones…he llegado a unas cuantas conclusiones que me gustaría compartir con vosotros/as.

Yo no soy madre, y me imagino lo difícil que será desempeñar ese rol. Pero sí fui (y soy) hija y ahora que empiezo a tener algo de sensatez y un poquito de experiencia me he dado cuenta de cosas.

Partimos de que una vez llegamos al mundo somos seres dependientes, dependemos de nuestra madre para alimentarnos de su lactancia, dependemos de los adultos para poder movernos en el espacio, para poder descansar, en definitiva, para poder satisfacer todas nuestras necesidades. Por ello un bebé abandonado tiene muy pocas posibilidades de sobrevivir. Nacemos siendo dependientes, correcto. Pero esa dependencia debe de ir disipándose poco a poco si queremos que nuestro hijo/a adquiera herramientas autónomas para años sucesivos.

Son en estos primeros años de vida en los que la pequeña criatura reside en la famosa “zona de confort”, en la que todo lo conoce (o lo va descubriendo) y todo lo controla. Pero debemos saber que en cuanto empiece el colegio ya va a dar el primer paso hacia la “zona de lo desconocido”, aquella que nos permite atrevernos a las cosas y adquirir seguridad. En la que no todo se puede controlar y empezará a equivocarse, a ser castigado/a si no hace bien las cosas, a necesitar esforzarse para conseguir sus objetivos…etcétera, es decir, a adquirir una mentalidad más autónoma y madura. Algo muy necesario y muy sano.

El primer error que yo percibo es el hecho de “salvar” a nuestro/a hijo/a de todas las situaciones, y de justificarlo/a de sus errores. Ya desde hace muchos años son varios los autores que hablaban de las denominadas emociones vitales, como el miedo, la sorpresa, la alegría, la tristeza…y voy un poco más allá, la frustración. Los niños/as necesitan experimentar estas emociones, SON VITALES, necesitan saborear el fracaso, la vergüenza, la tristeza, la decepción, el dolor, etc. para poder así aprender a manejarlas y gestionarlas de manera adecuada en el futuro. Necesitan equivocarse y, aunque suene un poco duro, pasarlo mal. ¿A qué me refiero? La vida de los adultos no es fácil ni segura, hay muchos obstáculos, muchas situaciones injustas, muchos momentos difíciles…todo esto tenemos asegurado que llegará, por ello es necesario desde pequeños/as haber desarrollado herramientas que nos permitan solventar estas circunstancias y centrarnos en soluciones. Y si no lo hacemos en los primeros años de vida, si llega a adolescente sobreprotegido/a, será más difícil reconducirlo/a y enseñarle a afrontar de manera correcta y beneficiosa muchas situaciones. Todo le costará mucho más.

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Volviendo a mi experiencia como hija, si viajo hasta mi infancia, recuerdo haberme dado golpes dolorosos, sentir miedo a la oscuridad, haber comido tierra y flores, haberme perdido en conversaciones con mis hermanos rodeados de naturaleza y con unos cuantos negrones en las piernas, haber jugado al fútbol un deporte en el que siempre perdía, temerle a los gritos de mi madre cuando hacía algo mal, y temer también el momento en el que abrieran la agenda del cole y vieran la nota de la profesora, recuerdo castigos de mis hermanos, verles heridas o incluso brechas en la cabeza, recuerdo esperar en casa con otro adulto a que mis padres llegaran de trabajar, acostumbrarme a que papá y mamá no siempre podían estar en casa ni siempre podían estar conmigo (ellos también tenían su vida y por ello no dejaban de quererme), recuerdo enfadarme, entristecerme con mi primer suspenso, sentir vergüenza por un juguete que me llevé de clase y, bueno…digamos que así fui aprendiendo. Qué extrañas pueden sonar algunas cosas y qué maravillosos recuerdos son para mí.

Creo que en la actualidad se ha perdido un poco la espontaneidad, la naturalidad y esa tan importante necesidad de que los niños/as experimenten por sí solos/as. Nacemos como una “tábula rasa”, en blanco, y vamos adquiriendo experiencias y emociones que debemos ir identificando para adjudicarles herramientas y saber gestionarlas en el futuro. Es muy perjudicial adquirir la mentalidad de “haga lo que haga, mis padres me salvarán”. Gran error.

La combinación de sobreprotección + dependencia puede llegar a ser muy tóxica, y traducirse a la larga en chantajes, agresividad y manipulación por parte de los hijos/as.

En ocasiones también proyectamos en la vida de nuestros hijos/as nuestra propia vida, nuestros propios errores, y por ello nos esforzamos al máximo para que ellos/as no vivan esas experiencias por miedo a que pasen lo que pasamos nosotros. Y esto es perjudicial. Es otra forma de tener miedo a que experimenten dolor.

¿Cómo aprenderemos si no es a través de nuestros errores? Atrévete a que tu hijo/a tome malas decisiones y se equivoque.

Por todo esto, llega un momento en el que es sano tomar cierta distancia de nuestros progenitores e ir desarrollando nuestra propia moral y nuestro propio panel de emociones. Así, una tarea fundamental en terapia infantil es el trabajo con las mismas y su identificación.

¿Cómo me siento y cómo puedo sentirme mejor? Cuanto antes le den respuesta a esta pregunta, más fácil será todo.

Muchas gracias por leerme. ¡Hasta la semana que viene!

 

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Consejos para vencer la preocupación excesiva

La preocupación ha sido definida como el sentimiento que nos inmoviliza en el presente por cosas que pueden llegar a suceder en el futuro. Al igual que la culpabilidad, se trata de una emoción 100% inútil. ¡No hay de qué preocuparse! ¡Absolutamente nada! El hecho de preocuparnos no va a hacer cambiar nada.

Preocuparse está relacionado con la ansiedad puesto que el futuro es impredecible y desconocido para tod@s nosotr@s, no podemos controlarlo ni saber qué pasará. De hecho, las personas con diagnóstico de Trastorno por Ansiedad Generalizada (TAG) se caracterizan por presentar una preocupación crónica y constante que afecta a todas las áreas de su vida. Desarrollan la tendencia a sentirse siempre preocupados por algo o por alguien, y esto hace que la ansiedad sea el síntoma principal del trastorno.

La preocupación no siempre es perjudicial como tal, puede tener una ventaja si la utilizamos como la fuerza o energía que nos va a llevar a protegernos o a solucionar un problema. Por ejemplo, me preocupa contagiarme de una ETS y por eso utilizo siempre preservativo en mis relaciones sexuales. Bien hecho. La sociedad  y la cultura también han contribuido a esto alentando la idea de que preocuparse es humano, que quien no se preocupa es alguien a quien no le importa nada. “Si quieres a alguien debes preocuparte por él/ella”, “No puedo dejar de preocuparme porque te quiero”. El lado perjudicial de todo esto llega cuando la preocupación se vuelve excesiva, constante, cuando nos bloquea y nos inmoviliza en el presente dejándonos sin recursos. Cuando se convierte en algo que no logramos sacar de la cabeza.

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Siguiendo esta línea, podemos hacer distinción entre “preocupación” como aquella emoción que nos empuja a dirigirnos hacia la solución (si me preocupa mi alimentación, me encargaré de prepararme la comida al llegar del trabajo), y la “metapreocupación” que sería la patológica y hace referencia a preocuparnos en exceso por la propia preocupación (me preocupa estar tan preocupado/a por la alimentación, y esto me lleva a contar obsesivamente todas las calorías ingeridas a lo largo del día y a desarrollar un desorden alimentario).

Vivir con una preocupación excesiva es malvivir, es vivir con una angustia constante y con la eterna frustración de sentir que no estamos solucionando nada.

Por ello, aquí os dejo cinco consejos para poder combatir las preocupaciones excesivas:


Aceptar la incertidumbre, la vida es insegura. Con el transcurso de los años nos damos cuenta de que es muy poco aquello que podemos controlar (solamente lo que reside en nuestra zona de confort), que la vida es insegura como tal, impredecible y cargada de incertidumbre. Debemos aceptar que esto es y será siempre así y que no es nada malo. Llegar a este punto ayudará a evitar muchas preocupaciones absurdas.


Establecer un tiempo para preocuparse: “la hora de preocuparse”. Aunque parezca una pauta poco relevante, puedo asegurar que es muy efectiva. Cuando algo se convierte en preocupante es porque estamos dedicando todos o casi todos nuestros recursos atencionales a ello, y todo o casi todo nuestro tiempo a darle vueltas. Se convierte en una obsesión. Por ello, resulta muy beneficioso marcarnos una hora al día (si puede ser no hacerla coincidir con la hora antes de dormir) en la que nos vamos a permitir preocuparnos y dejar que la cabeza centrifugue. El resto del día será para nosotros. Con esto reducimos la importancia que le estamos dando al problema la cual, sin duda, es mucho mayor que la que realmente le corresponde. Esta es una técnica que se utiliza en general para las obsesiones y que resulta muy efectiva.


Eliminar los pensamientos negativos: ¿qué le diría a otra persona si estuviera en mi situación? La preocupación excesiva va siempre acompañada de pensamientos negativos, irracionales e irrealistas que contribuyen a magnificar el problema. Para poder combatir esto, plantéate: si le pasara a un amigo/a ¿qué consejo le daría? Y esa respuesta es la que realmente te permitirá ver con lucidez el problema. ¡Pruébalo! ¿A que visto así no es tan grande?

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Poner en práctica actividades o ideas que ayuden a desconectar. Debemos cuidar de nosotros mismos ya que una preocupación así nos desgasta mucho física y mentalmente. Empieza a pensar en tu descanso (¡importantísimo!), tu alimentación, tu ocio…Todas ellas son  actividades incompatibles con la ansiedad y que te ayudarán a ver la luz al final del túnel. Compartir el problema con alguien tomando un café también ayuda a ver que existen alternativas y que no todo es tan negro como nos lo parece. “Un problema entre dos no pesa tanto”. Atrévete a confiar en alguien, sin duda, te ayudará.

En definitiva, la conclusión a la que tenemos que llegar es que debemos ir adquiriendo la mentalidad de PROBLEMA- SOLUCIÓN, dándonos permiso para preocuparnos por el camino siempre y cuando esta preocupación sea sana y nos llene de energía positiva. De lo contrario, ¡despéinate!

¡Muchas gracias por leerme! ¡Hasta la semana que viene!

 

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¿Cómo aumentar la seguridad en uno mismo?

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TOMA CONCIENCIA DE QUE TU RESPONSABILIDAD AHORA ES EMPEZAR A TRABAJAR CONTRA TU INSEGURIDAD: Declara en voz alta y para ti mismo/a que puedes gestionar tu falta de seguridad. Ese será tu punto de partida. Todas las personas somos en cierta medida inseguros/as, puesto que las experiencias no siempre nos dejan buen sabor de boca y muchas situaciones se escapan de nuestro control. Pero digamos que a la hora de manejar esa inseguridad podemos hacerlo de manera positiva (acepto mis zonas inseguras, puedo hablar de ellas, lucho por cambiarlas y emitir otra respuesta) o de manera negativa (a través de celos, envidias, chantajes, obrar mal, etc.). Un ejemplo de mala gestión de las inseguridades podemos ponerlo en los sujetos maltratadores que por definición son personas acomplejadas e inseguras, y manejan esto a través del mecanismo de defensa de la proyección, es decir, proyectan sus inseguridades en la pareja con el único objetivo de que se sientan inferiores y carentes de valor, cuando es precisamente así cómo se sienten ellos. Por lo tanto, y volviendo al que debe ser el punto de partida, habla contigo mismo/a de tus inseguridades, por ejemplo: “Soy inseguro/a con mi físico, pero poco a poco voy ganando más confianza y me gusto cada vez más”, “Sé que soy inseguro/a en las relaciones sociales así que voy a intentar cambiarlo”, “Me muestro muy inseguro/a con mi jefe así que voy a tener que trabajar duro para no considerarme tan inferior a su lado”, etc. Comprométete con el cambio de aquello que te hace daño.

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DESCUBRE QUÉ TE HACE SENTIR INSEGURO/A: No siempre es necesario saber los porqués pero te pueden dar perspectiva y ayudar a que el cambio sea más rápido. ¿Qué personas o qué situaciones atraen tus sentimientos de inseguridad? Deberás empezar a trabajar por ahí, bien eliminando a personas tóxicas de tu vida (¡muy importante!), bien ganando en seguridad y fortaleza para afrontar esas situaciones. Será cuestión de adquirir las herramientas que te permitan hacer frente a esas situaciones que fomentan tu inseguridad para eliminar cualquier sentimiento negativo. ¡Atrévete a dar el paso!

QUÉ PENSAMIENTO TE PROVOCA INSEGURIDAD: Probablemente será erróneo, lo desenmascararás y avanzarás. Existen infinidad de pensamientos erróneos, a los cuales les llamamos pensamientos distorsionados, que se caracterizan por ser involuntarios, automáticos…y surgen en momentos de bajo estado de ánimo o baja autoestima (por ejemplo, ante síntomas depresivos o ansiógenos). Lo primero, y más importante, es reconocerlos y tomar conciencia de que no son racionales, para después, ir reestructurándolos y cambiándolos hasta adquirir una filosofía de vida más realista. Algunos de estos pensamientos podrían ser: “nadie me quiere”, “no le resulto interesante a nadie”, “todo el mundo habla mal de mí”, “no conseguiré nada en la vida”, “no valgo como persona”…

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PON EL FOCO DE ATENCIÓN EN TU PERSONA: Tu valor como persona es intrínseco, es decir, ¡vales simplemente porque existes! ¿Crees que eres una persona valiosa? Sea cual sea tu respuesta, te puedo asegurar que SÍ. Y debes empezar a creértelo.

VALORA TU OPINIÓN SOBRE TI: Siempre habrá personas más o menos seguras que tú. Pero compararse con los otros no te sirve de nada. La meta consiste en aumentar la seguridad en ti mismo/a, siendo tal como eres, no en relación a cómo son los demás. No te compares con los que consideres “mejores” que tú porque, aunque no sea algo malo como tal, puede contribuir a que en este momento te sientas inferior. Sentir admiración por otra persona puede ser algo maravilloso (de hecho es una pauta que se trabaja en Terapia de Pareja), pero en personas inseguras puede incrementar su sentimiento de inferioridad y esto puede llevar a una mala gestión de emociones. Es decir, el primer paso sería ganar en seguridad para después valorar a las personas que consideramos “mejores” en algún aspecto de la vida. Las personas inseguras tienden a compararse con las que consideran superiores, un mecanismo autodestructivo, porque es lo que hace que se sientan cada vez más pequeñas. Y, sin embargo, las que en ese mismo aspecto puedan ser objetivamente “inferiores” son totalmente invisibles para ellas. Por ejemplo, si eres estudiante y sacas un 7 en un examen y eres una persona insegura, te hará sentir mal saber que muchos de tus compañeros han sacado un 8, un 9 o un 10. Y los que sacaron un 6 y un 5, ¿los tienes en cuenta? ¿tienen relevancia en tus pensamientos? Seguramente no, o no te importen.

AGRADECE LAS COSAS QUE TE HACEN ÚNICO/A: Las cosas que no te gustan las podrás cambiar, porque has asumido tu responsabilidad al respecto, pero empieza por valorar todo lo que puedas de ti. Escribe en un papel cómo eres, tus defectos y virtudes. Pasado un tiempo valora detenidamente lo que aparece en la columna de virtudes, ¡valórate! Defectos todos tenemos, somos humanos, y es de sabios ir corrigiéndolos a lo largo de la vida, en eso consiste el aprendizaje. Pero, ¿y tus cualidades? ¿Las tienes presentes?

ACTÚA “COMO SI”: En teatro es una gran herramienta para practicar diferentes roles. Crea un personaje que ya tenga la seguridad que deseas y dale vida en tu día a día. Actuar “como si” hará que los cambios vengan más rápidos. Puede parecer una tontería pero confío fielmente en esta técnica. La utilicé hace un tiempo en consulta con una paciente muy insegura y con un fuerte sentimiento de inferioridad con respecto a los demás y le dije “actúa como si fueras una persona segura de ti misma, como si te gustaras, como si tu físico te encantara…” y los resultados pasado un tiempo fueron muy satisfactorios. No implica dar una versión falsa de uno/a mismo/a, sino ir verbalizando un cambio en cómo nos vemos (o nos gustaría vernos) a nosotros mismos para que, poco apoco, vayan cambiando nuestros pensamientos. Es un cambio algo inconsciente pero con muy buenos resultados. Primero actuamos “como si” fuéramos personas seguras y así lo verbalizamos para que, posteriormente, nuestros pensamientos se vayan acoplando a esa nueva visión de nosotros mismos.

 

¡Muchas gracias por leerme! ¡Hasta la semana que viene!

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Cuando la obsesión es la comida

Ahora que llega el verano muchos de nosotros y nosotras podemos empezar a sentir que nuestro cuerpo no nos gusta. Sobre la operación bikini y la búsqueda del equilibrio entre la alimentación y el ejercicio ya hemos hablado en artículos anteriores en el blog ( Andar como hábito saludable y Dietas: La importancia del equilibrio). Sin embargo, ¿qué sucede cuándo esta preocupación se convierte en obsesión? Ya no sólo estaríamos hablando de un trastorno de alimentación, si no también de un trastorno obsesivo, en el que la persona se obsesiona por comer poco y “sano”.

Muy relacionado con esa obsesión está la ortorexia (término acuñado por el médico Steve Bratman en 1996). El autor definía la ortorexia como un problema de obsesión por comer sano, pero muy cercano a los trastornos de alimentación como son la anorexia o la bulimia (a pesar de que no se considera como trastorno en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, DSM-5). Debido a que la persona que lo padece come sano, este problema pasa desapercibido, ya que se consideran hábitos normales, sin embargo estos hábitos que pueden parecer normales se convierten en obsesión y la cantidad ingerida y los alimentos tomados van disminuyendo, de ahí la importancia de conocerlo para poder actuar cuánto antes.

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Ortorexia Nerviosa. Una obsesión insana con la alimentación sana.

Hace varios días, salió en telecinco.es una entrevista a una persona que tiene ortorexia desde hace 15 años y en ella explica, que aunque al principio lo hacía para tener un vientre plano, con el tiempo se fue convirtiendo en una obsesión y se fue cronificando debido a algunos comentarios que recibía sobre su apariencia física y por la poca crítica que le hacían a su estilo de alimentación. Os dejo además su blog, por si queréis echarle un vistazo y ver lo que piensa acerca de lo que le está pasando.

El tratamiento para la ortorexia se basa, fundamentalmente, en explicar a la persona que aunque tome alimentos sanos, la alimentación que lleva a cabo no es tan sana y mucho menos equilibrada. A partir de ahí, se le proporcionará una psicoeducación para que vea lo que sería una alimentación saludable y que poco a poco pueda ir llevándola a cabo. Con el trabajo de diferentes profesionales, como son los psicólogos/as, nutricionistas y diferentes especialistas de la medicina, se intentará que la persona empiece a tener conciencia de la enfermedad y que a partir de ahí empiece a tomar alimentos que antes no tomaba. Además, si consideramos a la ortorexia como enfermedad cercana al trastorno obsesivo compulsivo, podría aplicarse un tratamiento de exposición con prevención de respuesta, en el que la persona vería como comiendo esos alimentos a los que le tiene miedo y aumentando las calorías que toma habitualmente, no se vuelve gordo/a ni lleva a cabo una mala alimentación.

En resumen, cualquier obsesión, por sana que parezca aparentemente no es buena y tenemos que ser conscientes de ello por si alguien de nuestro alrededor necesite nuestra ayuda.

 

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La emoción más inútil: la culpabilidad

Si tú crees que sentirte mal o preocuparte lo suficiente cambiará un hecho pasado o futuro, quiere decir que resides en otro planeta con un diferente sistema de realidad.


A lo largo de la vida, las dos emociones más inútiles son la culpabilidad por lo que se ha hecho y la preocupación por lo que se podría hacer. Son emociones rotundamente inútiles puesto que hacen que gastes mucha energía emocional pero que no te permiten resolver, cambiar ni mejorar nada. La culpabilidad quiere decir que despilfarras tus momentos presentes al estar inmovilizado a causa de un comportamiento pasado. Todo está relacionado con la importancia que le des a los problemas, con la relación con tus experiencias pasadas y con los valores que has asumido como persona.

¿Qué escoges? ¿Culpabilidad o posibilidad de aprender las lecciones del pasado?

¿Qué significa aprender? Los seres humanos somos seres racionales que evolucionamos aprendiendo de nuestros errores (si queremos evolucionar, claro). El aprendizaje, aprender de nuestras equivocaciones, es la manera sana de afrontar nuestros errores y es necesario para el crecimiento y desarrollo. La culpabilidad es malsana porque gastas inútilmente tu energía en el presente sintiéndote molesto y deprimido a causa de un acontecimiento ya histórico. Y esto es tan inútil como malsano. No hay culpabilidad por grande que sea, que pueda resolver un solo problema. Sin embargo, si decidimos corregir actitudes o comportamientos estaremos escogiendo la evolución y la sabiduría como opción. Es sabio aquel que aprende de sus errores y los corrige.

Culpabilidad

El sentimiento de culpabilidad también se puede utilizar con el objetivo de manipular a la otra persona. Hacer sentir culpable a otra persona lanzando un recuerdo del pasado para ayudarlo a escoger la culpa del momento presente. De esta manera uno de los miembros puede manipular el presente del otro refiriéndose al pasado. Si uno de ellos logra olvidarlo, el otro puede recordárselo periódicamente y así mantener al día sus sentimientos de culpa por comportamientos pasados. O hacerlo sentir culpable de cosas del día a día. “Si me quisieras, me habrías llamado”. ¿El fin de todo esto? Lograr que uno haga lo que quiere el otro. ¿El método? La culpabilidad.

A continuación citaré frases que podemos escuchar desde pequeños o situaciones instauradas en nuestra sociedad que arrastran un fuerte sentimiento de culpabilidad y que fácilmente proyectamos en nuestra adultez. Con ello, me gustaría invitarte a reflexionar sobre el peso de la culpabilidad en nuestra cultura y sus repercusiones “positivas”. ¿Has escuchado alguna de las frases siguientes?

– INFLUENCIA DE LA FAMILIA EN EL SENTIMIENTO DE CULPABILIDAD

¿Qué pensarán las mamás de otros niños?

He arriesgado mi vida en tu parto sólo por traerte al mundo.

Me ha subido la tensión estos días por tu culpa.

He seguido casada con tu padre por ti.

Tú sabrás lo que haces.

Papá no te va a querer si no apruebas matemáticas.

Tu hermano está castigado por lo que hiciste tú.

Si te acuestas con tu novio y te quedas embarazada, no cuentes con nosotros.

No veas esas revistas (pornográficas) que son para gente enferma.

Una hija decente no va a dormir con su novio.

Más adelante, si este ha sido el modelo, los niños pueden utilizarlo con los adultos con el único objetivo de conseguir lo que quieren y manipularlos. “Si fueras buen padre me dejarías ir a casa de mi amiga a dormir”. “El padre de Sara sí que le deja”. “No te quiero. Quiero irme con mamá”. “Eres mala”.

También se ven ejemplos similares en el ámbito de la pareja“Si me quisieras me desearías”. “Si me quisieras querrías hacer el amor conmigo”.

– INFLUENCIA DE LA CULTURA Y LA SOCIEDAD EN EL SENTIMIENTO DE CULPABILIDAD

En las dietas. Sentirte culpable cuando no comes algo que sea estrictamente sano.

En la cárcel. Se cree que el tiempo pasado en la cárcel generará tal sentimiento de      culpabilidad que borrará el comportamiento disruptivo. Y, como sabemos, un elevado porcentaje de excarcelarios vuelven a delinquir.

Paralelamente, se sabe que el sentimiento de culpabilidad está relacionado con mayor aprobación social y con la etiqueta de ser “más humano”. Aquel que se preocupa y se siente culpable es más humano. Así como también puede servir para ganarse la compasión de la gente.

Como vemos, el sentimiento de culpabilidad es algo que va de la mano de nuestra sociedad, tanto si lo generamos nosotros automáticamente ante cada mínima situación (culpabilidad autoimpuesta), si lo arrastramos del pasado (culpabilidad residual) o si lo utilizamos para crear un sentimiento angustiante en la otra persona y obtener así algún beneficio.

Lo ideal sería eliminarlo de nuestras vidas, eliminar su carga emocional negativa y centrarnos en resolver problemas de la forma más sana y madura que existe, analizando nuestra equivocación y cambiando nuestra actitud para futuras situaciones.

¡Muchas gracias por leerme! ¡Hasta la semana que viene!

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La resiliencia


La resiliencia. ¡Cada vez soy más fuerte!


Hoy os traigo un concepto nuevo, la resiliencia. Todos hemos escuchado alguna vez ese refrán de que “lo que no te mata, te hace más fuerte”, pues bien, la resiliencia tiene que ver con eso. Es un término poco utilizado todavía pero su significado es conocido por todos nosotros.

foto-resiliencia

Para entenderlo, partimos de la idea de que la vida no es fácil, es una carrera de fondo en la que muchas cosas se escapan de nuestro control y nos dificultan el camino. La vida es insegura, impredecible y nos va retando a lo largo de los años. Hay vidas más fáciles y vidas más difíciles, eso es cierto, pero en mayor o menor medida todos tenemos momentos complicados. En ocasiones, seremos responsables de ellos o habremos formado parte de la creación de nuestros problemas, pero en otras muchas esos momentos no tienen un origen, no sabemos por qué han pasado, pero somos conscientes de que nos afectan y no tenemos herramientas para manejarlos. Sabiendo que la vida es un imán para problemas, incertidumbres y obstáculos, ahora os formulo una pregunta: si hacéis mentalmente un recorrido por los problemas que han marcado vuestra vida (sólo os vendrán a la cabeza aquellos que realmente os han hecho sufrir), ¿cómo los habéis manejado? ¿Habéis perdido confianza, autoestima y fuerza mental, o habéis sido capaces de reflexionar sobre ellos, buscarle una solución que alivie el dolor y habéis sabido ayudar a vuestro entorno? Es decir, ¿os habéis hecho más pequeños o más fuertes?

Muchas veces escuchamos: “con todo lo que esta persona sufrió en la vida, y no pierde nunca la sonrisa”, esta es una frase que identifica a una persona resiliente. La resiliencia es una capacidad que se adquiere con los años y después de mucho sufrimiento también. Se asocia con esas personas que han tocado fondo pero que en lugar de hundirse más han decidido luchar por seguir adelante y, como decía antes, cada vez con más fuerza. Una persona resiliente es aquella que recorre las siguientes fases ante los problemas: asimilación, negación, desesperanza, aceptación y superación. Y una vez superado, su fuerza mental es mucho mayor que antes del inicio del problema. La resiliencia te enseña a darle a las cosas la importancia que tienen, a adquirir el pensamiento de problema-solución y entender que cuando no nos quedan más fuerzas debemos cambiar el chip porque la vida pasa y estamos aquí para disfrutarla. Mientras que una persona no resiliente es aquella que va adquiriendo cada vez más debilidad física y mental ante los problemas, es una persona que no ha conseguido superar ese obstáculo y que no ha llegado a entenderlo, pudo más la tristeza que la fortaleza. Hago mención aquí de que, tal y como comentábamos en otro artículo acerca de acontecimientos que pueden convertirse en traumáticos (leer artículo), hay sucesos en la vida que requieren de mucho más tiempo para llegar a asimilarlos y dónde la duración del sufrimiento inevitablemente es mayor. Conseguimos superar las cosas cuando, después de mucho sufrimiento, somos capaces de entenderlas. Y llegamos a comprender que vale más la pena respirar y coger fuerza, que dejarse llevar por la fuerza de la marea. Digamos que la resiliencia es una prueba que nos pone la vida, y podemos adquirirla o no.

En conclusión, la resiliencia es la capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas. Es la capacidad de superar dificultades, traumas y dolores emocionales, saliendo fortalecido en el proceso. Tiene que ver con nuestra autoestima y nuestra felicidad. Hoy sólo quería mostraros el concepto, pero dedicaré otro artículo a escribir pautas específicas que nos ayuden a hacernos resilientes.

Muchas gracias por leerme. ¡Hasta la semana que viene!

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¿Quieres cambiar? ¿Sabes cómo hacerlo?

Muchas veces en nuestra consulta nos demandan de forma urgente que los cambiemos, pero ¿qué hay detrás de esta exigencia? ¿realmente somos los psicólogos magos que consiguen que la gente cambie sin más? Llegados a este punto, ya sabemos todos que no, que los psicólogos no somos magos, si no que con nuestra experiencia ayudamos a las personas que acuden a nuestra consulta a ver desde otra perspectiva que tienen que hacer para cambiar y les enseñamos las herramientas que pueden utilizar para llevarlo a cabo. Sin embargo, por mucho que nosotros hagamos, si la persona no está dispuesta no podremos hacer nada. Debido a esto Agustín Jiménez en 2006 detalla las tres leyes del cambio necesarias para poder llevarlo a cabo.

choose change to future or same the past

“Una pregunta que surge cuando se habla de cambio es ¿por qué a veces es tan fácil cambiar y por qué otras veces no? Desde mi punto de vista esta diferencia radica en tener la actitud correcta para cambiar, la cual depende de tres aspectos que llamo las tres leyes del cambio. Cuando estos aspectos confluyen, el cambio se da con facilidad y fluye, si no, sucede todo lo contrario.”

Las tres leyes del cambio, según Agustín Jiménez, son:

“1. Deseo: para cambiar es condición esencial querer hacerlo, tener el firme deseo de que vamos a lograr el resultado que nos hemos propuesto. El deseo surge de tener una razón poderosa y creer profundamente en ella. El deseo es la chispa que nos da el impulso para arrancar con fuerza y mantener la motivación durante el proceso de cambio.”

“De ahí que el cambio verdadero y profundo sea imposible de alcanzar por la vía de la imposición. Esa es la razón por la cual cuando el cambio se impone, la gente se opone. Evidentemente, es posible imponer cambios pero apenas desaparezca el factor de poder que doblegó a quienes los aceptaron, inmediatamente se regresará al estado anterior de las cosas.”

“2. Valor: para cambiar hay que tener el coraje de creer en nosotros mismos y en que podemos lograr lo que nos proponemos. El valor es el fuego interno que nos brinda la fuerza para perseverar sin importar el esfuerzo que el cambio requiera y para sobreponernos a los obstáculos que se nos presenten por el camino. Para lograr los cambios no hay campo para amilanarse frente a las dificultades, ni de encogerse frente a los retos.”

“Obviamente, escuadrarse en la seguridad de lo conocido es mucho más fácil que afrontar los retos que impone cambiar. Muchas personas, por temor, prefieren una estabilidad mediocre a un cambio que genere progreso. Estas personas normalmente son las que se esconden detrás de frases como:”

“Aquí las cosas siempre se han hecho así y han funcionado”
“¿Para qué cambiar si todo está bien?
“Cambiar es difícil y doloroso”

“De esta manera, evitan enfrentarse a sus propios miedo y limitaciones, perdiendo la oportunidad de superarlos en ir más allá.”

“3. Acción: nada cambia si no se entra en acción. Actuar es lo único que asegura que los cambios sucedan. Es muy fácil hablar sobre cambio, pero es muy distinto llevarlo a cabo. Cambiar implica entrar en acción, porque de otra manera el cambio se convierte en una simple ilusión. Es importante señalar que la acción empieza con la planeación, la cual asegura una mejor gestión del proceso de cambio, reduciendo así significativamente la posibilidad de fracasar en el intento.”

“La acción es el combustible que aviva la llama del valor, porque la motivación crece en la medida que vamos alcanzando resultados que nos van acercando a nuestro cometido.”

“Por lo tanto, la próxima vez que quiera realizar un cambio, antes de emprenderlo, pregúntese si tiene la chispa, el fuego interno y el combustible para lograr lo que se propone”.

Como veis, según Agustín Jiménez, son tres las claves importantes para llevar a cabo un cambio y son el deseo, el valor y la acción. ¿Estáis dispuestos a cambiar? ¿Lo deseáis, tenéis el valor y lo habéis puesto en práctica?

Esperamos que os haya gustado este nuevo artículo. Que tengáis un buen día y ya sabéis, si queréis cambiar algo tenemos que poner cada uno de nuestra parte.

¡Muchas gracias!

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