Consejos para vencer la preocupación excesiva

La preocupación ha sido definida como el sentimiento que nos inmoviliza en el presente por cosas que pueden llegar a suceder en el futuro. Al igual que la culpabilidad, se trata de una emoción 100% inútil. ¡No hay de qué preocuparse! ¡Absolutamente nada! El hecho de preocuparnos no va a hacer cambiar nada.

Preocuparse está relacionado con la ansiedad puesto que el futuro es impredecible y desconocido para tod@s nosotr@s, no podemos controlarlo ni saber qué pasará. De hecho, las personas con diagnóstico de Trastorno por Ansiedad Generalizada (TAG) se caracterizan por presentar una preocupación crónica y constante que afecta a todas las áreas de su vida. Desarrollan la tendencia a sentirse siempre preocupados por algo o por alguien, y esto hace que la ansiedad sea el síntoma principal del trastorno.

La preocupación no siempre es perjudicial como tal, puede tener una ventaja si la utilizamos como la fuerza o energía que nos va a llevar a protegernos o a solucionar un problema. Por ejemplo, me preocupa contagiarme de una ETS y por eso utilizo siempre preservativo en mis relaciones sexuales. Bien hecho. La sociedad  y la cultura también han contribuido a esto alentando la idea de que preocuparse es humano, que quien no se preocupa es alguien a quien no le importa nada. “Si quieres a alguien debes preocuparte por él/ella”, “No puedo dejar de preocuparme porque te quiero”. El lado perjudicial de todo esto llega cuando la preocupación se vuelve excesiva, constante, cuando nos bloquea y nos inmoviliza en el presente dejándonos sin recursos. Cuando se convierte en algo que no logramos sacar de la cabeza.

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Siguiendo esta línea, podemos hacer distinción entre “preocupación” como aquella emoción que nos empuja a dirigirnos hacia la solución (si me preocupa mi alimentación, me encargaré de prepararme la comida al llegar del trabajo), y la “metapreocupación” que sería la patológica y hace referencia a preocuparnos en exceso por la propia preocupación (me preocupa estar tan preocupado/a por la alimentación, y esto me lleva a contar obsesivamente todas las calorías ingeridas a lo largo del día y a desarrollar un desorden alimentario).

Vivir con una preocupación excesiva es malvivir, es vivir con una angustia constante y con la eterna frustración de sentir que no estamos solucionando nada.

Por ello, aquí os dejo cinco consejos para poder combatir las preocupaciones excesivas:


Aceptar la incertidumbre, la vida es insegura. Con el transcurso de los años nos damos cuenta de que es muy poco aquello que podemos controlar (solamente lo que reside en nuestra zona de confort), que la vida es insegura como tal, impredecible y cargada de incertidumbre. Debemos aceptar que esto es y será siempre así y que no es nada malo. Llegar a este punto ayudará a evitar muchas preocupaciones absurdas.


Establecer un tiempo para preocuparse: “la hora de preocuparse”. Aunque parezca una pauta poco relevante, puedo asegurar que es muy efectiva. Cuando algo se convierte en preocupante es porque estamos dedicando todos o casi todos nuestros recursos atencionales a ello, y todo o casi todo nuestro tiempo a darle vueltas. Se convierte en una obsesión. Por ello, resulta muy beneficioso marcarnos una hora al día (si puede ser no hacerla coincidir con la hora antes de dormir) en la que nos vamos a permitir preocuparnos y dejar que la cabeza centrifugue. El resto del día será para nosotros. Con esto reducimos la importancia que le estamos dando al problema la cual, sin duda, es mucho mayor que la que realmente le corresponde. Esta es una técnica que se utiliza en general para las obsesiones y que resulta muy efectiva.


Eliminar los pensamientos negativos: ¿qué le diría a otra persona si estuviera en mi situación? La preocupación excesiva va siempre acompañada de pensamientos negativos, irracionales e irrealistas que contribuyen a magnificar el problema. Para poder combatir esto, plantéate: si le pasara a un amigo/a ¿qué consejo le daría? Y esa respuesta es la que realmente te permitirá ver con lucidez el problema. ¡Pruébalo! ¿A que visto así no es tan grande?

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Poner en práctica actividades o ideas que ayuden a desconectar. Debemos cuidar de nosotros mismos ya que una preocupación así nos desgasta mucho física y mentalmente. Empieza a pensar en tu descanso (¡importantísimo!), tu alimentación, tu ocio…Todas ellas son  actividades incompatibles con la ansiedad y que te ayudarán a ver la luz al final del túnel. Compartir el problema con alguien tomando un café también ayuda a ver que existen alternativas y que no todo es tan negro como nos lo parece. “Un problema entre dos no pesa tanto”. Atrévete a confiar en alguien, sin duda, te ayudará.

En definitiva, la conclusión a la que tenemos que llegar es que debemos ir adquiriendo la mentalidad de PROBLEMA- SOLUCIÓN, dándonos permiso para preocuparnos por el camino siempre y cuando esta preocupación sea sana y nos llene de energía positiva. De lo contrario, ¡despéinate!

¡Muchas gracias por leerme! ¡Hasta la semana que viene!

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Cuando la obsesión es la comida

Ahora que llega el verano muchos de nosotros y nosotras podemos empezar a sentir que nuestro cuerpo no nos gusta. Sobre la operación bikini y la búsqueda del equilibrio entre la alimentación y el ejercicio ya hemos hablado en artículos anteriores en el blog ( Andar como hábito saludable y Dietas: La importancia del equilibrio). Sin embargo, ¿qué sucede cuándo esta preocupación se convierte en obsesión? Ya no sólo estaríamos hablando de un trastorno de alimentación, si no también de un trastorno obsesivo, en el que la persona se obsesiona por comer poco y “sano”.

Muy relacionado con esa obsesión está la ortorexia (término acuñado por el médico Steve Bratman en 1996). El autor definía la ortorexia como un problema de obsesión por comer sano, pero muy cercano a los trastornos de alimentación como son la anorexia o la bulimia (a pesar de que no se considera como trastorno en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, DSM-5). Debido a que la persona que lo padece come sano, este problema pasa desapercibido, ya que se consideran hábitos normales, sin embargo estos hábitos que pueden parecer normales se convierten en obsesión y la cantidad ingerida y los alimentos tomados van disminuyendo, de ahí la importancia de conocerlo para poder actuar cuánto antes.

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Ortorexia Nerviosa. Una obsesión insana con la alimentación sana.

Hace varios días, salió en telecinco.es una entrevista a una persona que tiene ortorexia desde hace 15 años y en ella explica, que aunque al principio lo hacía para tener un vientre plano, con el tiempo se fue convirtiendo en una obsesión y se fue cronificando debido a algunos comentarios que recibía sobre su apariencia física y por la poca crítica que le hacían a su estilo de alimentación. Os dejo además su blog, por si queréis echarle un vistazo y ver lo que piensa acerca de lo que le está pasando.

El tratamiento para la ortorexia se basa, fundamentalmente, en explicar a la persona que aunque tome alimentos sanos, la alimentación que lleva a cabo no es tan sana y mucho menos equilibrada. A partir de ahí, se le proporcionará una psicoeducación para que vea lo que sería una alimentación saludable y que poco a poco pueda ir llevándola a cabo. Con el trabajo de diferentes profesionales, como son los psicólogos/as, nutricionistas y diferentes especialistas de la medicina, se intentará que la persona empiece a tener conciencia de la enfermedad y que a partir de ahí empiece a tomar alimentos que antes no tomaba. Además, si consideramos a la ortorexia como enfermedad cercana al trastorno obsesivo compulsivo, podría aplicarse un tratamiento de exposición con prevención de respuesta, en el que la persona vería como comiendo esos alimentos a los que le tiene miedo y aumentando las calorías que toma habitualmente, no se vuelve gordo/a ni lleva a cabo una mala alimentación.

En resumen, cualquier obsesión, por sana que parezca aparentemente no es buena y tenemos que ser conscientes de ello por si alguien de nuestro alrededor necesite nuestra ayuda.

 

¡Muchas gracias por leerme, hasta la semana que viene!

La emoción más inútil: la culpabilidad

Si tú crees que sentirte mal o preocuparte lo suficiente cambiará un hecho pasado o futuro, quiere decir que resides en otro planeta con un diferente sistema de realidad.


A lo largo de la vida, las dos emociones más inútiles son la culpabilidad por lo que se ha hecho y la preocupación por lo que se podría hacer. Son emociones rotundamente inútiles puesto que hacen que gastes mucha energía emocional pero que no te permiten resolver, cambiar ni mejorar nada. La culpabilidad quiere decir que despilfarras tus momentos presentes al estar inmovilizado a causa de un comportamiento pasado. Todo está relacionado con la importancia que le des a los problemas, con la relación con tus experiencias pasadas y con los valores que has asumido como persona.

¿Qué escoges? ¿Culpabilidad o posibilidad de aprender las lecciones del pasado?

¿Qué significa aprender? Los seres humanos somos seres racionales que evolucionamos aprendiendo de nuestros errores (si queremos evolucionar, claro). El aprendizaje, aprender de nuestras equivocaciones, es la manera sana de afrontar nuestros errores y es necesario para el crecimiento y desarrollo. La culpabilidad es malsana porque gastas inútilmente tu energía en el presente sintiéndote molesto y deprimido a causa de un acontecimiento ya histórico. Y esto es tan inútil como malsano. No hay culpabilidad por grande que sea, que pueda resolver un solo problema. Sin embargo, si decidimos corregir actitudes o comportamientos estaremos escogiendo la evolución y la sabiduría como opción. Es sabio aquel que aprende de sus errores y los corrige.

Culpabilidad

El sentimiento de culpabilidad también se puede utilizar con el objetivo de manipular a la otra persona. Hacer sentir culpable a otra persona lanzando un recuerdo del pasado para ayudarlo a escoger la culpa del momento presente. De esta manera uno de los miembros puede manipular el presente del otro refiriéndose al pasado. Si uno de ellos logra olvidarlo, el otro puede recordárselo periódicamente y así mantener al día sus sentimientos de culpa por comportamientos pasados. O hacerlo sentir culpable de cosas del día a día. “Si me quisieras, me habrías llamado”. ¿El fin de todo esto? Lograr que uno haga lo que quiere el otro. ¿El método? La culpabilidad.

A continuación citaré frases que podemos escuchar desde pequeños o situaciones instauradas en nuestra sociedad que arrastran un fuerte sentimiento de culpabilidad y que fácilmente proyectamos en nuestra adultez. Con ello, me gustaría invitarte a reflexionar sobre el peso de la culpabilidad en nuestra cultura y sus repercusiones “positivas”. ¿Has escuchado alguna de las frases siguientes?

– INFLUENCIA DE LA FAMILIA EN EL SENTIMIENTO DE CULPABILIDAD

¿Qué pensarán las mamás de otros niños?

He arriesgado mi vida en tu parto sólo por traerte al mundo.

Me ha subido la tensión estos días por tu culpa.

He seguido casada con tu padre por ti.

Tú sabrás lo que haces.

Papá no te va a querer si no apruebas matemáticas.

Tu hermano está castigado por lo que hiciste tú.

Si te acuestas con tu novio y te quedas embarazada, no cuentes con nosotros.

No veas esas revistas (pornográficas) que son para gente enferma.

Una hija decente no va a dormir con su novio.

Más adelante, si este ha sido el modelo, los niños pueden utilizarlo con los adultos con el único objetivo de conseguir lo que quieren y manipularlos. “Si fueras buen padre me dejarías ir a casa de mi amiga a dormir”. “El padre de Sara sí que le deja”. “No te quiero. Quiero irme con mamá”. “Eres mala”.

También se ven ejemplos similares en el ámbito de la pareja“Si me quisieras me desearías”. “Si me quisieras querrías hacer el amor conmigo”.

– INFLUENCIA DE LA CULTURA Y LA SOCIEDAD EN EL SENTIMIENTO DE CULPABILIDAD

En las dietas. Sentirte culpable cuando no comes algo que sea estrictamente sano.

En la cárcel. Se cree que el tiempo pasado en la cárcel generará tal sentimiento de      culpabilidad que borrará el comportamiento disruptivo. Y, como sabemos, un elevado porcentaje de excarcelarios vuelven a delinquir.

Paralelamente, se sabe que el sentimiento de culpabilidad está relacionado con mayor aprobación social y con la etiqueta de ser “más humano”. Aquel que se preocupa y se siente culpable es más humano. Así como también puede servir para ganarse la compasión de la gente.

Como vemos, el sentimiento de culpabilidad es algo que va de la mano de nuestra sociedad, tanto si lo generamos nosotros automáticamente ante cada mínima situación (culpabilidad autoimpuesta), si lo arrastramos del pasado (culpabilidad residual) o si lo utilizamos para crear un sentimiento angustiante en la otra persona y obtener así algún beneficio.

Lo ideal sería eliminarlo de nuestras vidas, eliminar su carga emocional negativa y centrarnos en resolver problemas de la forma más sana y madura que existe, analizando nuestra equivocación y cambiando nuestra actitud para futuras situaciones.

¡Muchas gracias por leerme! ¡Hasta la semana que viene!

Vive sin ansiedad


La ansiedad, ese enemigo que en algún momento acecha a nuestras vidas. Sentirte demasiado nervioso, notar que el corazón late muy rápido, sudoración, sentir que te quedas sin respiración, creer que te vas morir o que te invade el pánico… Estos son algunos de los síntomas que produce la ansiedad. En mayor o menor medida todos hemos experimentado alguno de ellos.


ansiedad

Por ese motivo, porque convive con nosotros, hoy os traigo una lista de seis consejos que ayudan a manejar mejor la ansiedad. Debemos aprender a controlar esa pizca negativa que invade a veces nuestro día a día y que va de la mano de la sociedad acelerada e impredecible en la que vivimos. La mejor manera de abordarla es a través del cambio de ciertos pensamientos y hábitos, sumado a técnicas de relajación.

Aquí os dejo mis consejos:

  1. Escribe todos los pensamientos negativos y repetitivos que te surjan continuamente. Si reconoces tus pensamientos negativos podrás manejarlos y tus emociones cambiarán. Nuestros pensamientos son los que determinan cómo nos sentimos, por eso es tan importante detectarlos. El primer paso está en reconocer que sufres ansiedad. Sé consciente de cuándo te ocurre, qué síntomas sufres e intenta averiguar el por qué. ¡Sé valiente!
  2. Escribe afirmaciones que resten valor a cada uno de los pensamientos negativos. Hacia donde enfoques tu mente, así serán tus resultados. Cuando los pensamientos negativos que te generan ansiedad aparezcan, respóndele con las afirmaciones positivas.
  3. Mantén tu mente en el presente y en el AHORA. Presta atención a tu respiración. En lugar de decirte que estarás bien dentro de unos minutos (futuro), comprende que puedes relajarte y respirar ahora (presente). El presente es ahora y tienes que disfrutarlo.
  4. Fortalece tu autoestima. Haz una lista de tus cualidades. Usa frases positivas para referirte a ti mismo. Ejemplo: “soy valioso, sólo estoy pasando un momento difícil”. Otra frase: “hago lo mejor que puedo en todo momento”. Es importante que te quieras más y que enfatices tus virtudes. Habla de ellas. ¿A qué te cuesta más detectar tus virtudes que tus defectos?
  5. Haz práctica regular de relajación. Entre quince o veinte minutos. Haz ejercicio. Puede disminuir la ansiedad hasta por cuatro horas. Practicar ejercicio genera una sensación inicial de ansiedad de unos treinta minutos, a lo que le siguen cuatro horas de relajación. Recuerda que no eres el director del universo y que muchas cosas externas no dependen de ti. Practica el deporte que más te guste y dedica ese tiempo a no pensar en nada, sólo a disfrutar.
  6. Contempla tus preocupaciones de forma objetiva. La mayoría de las cosas horribles que imaginamos nunca suceden. Normalmente se magnifican y nos las imaginamos mucho peores y terribles de lo que realmente son.

Si pones en práctica estos seis consejos, puedo asegurarte que poco a poco todo mejorará. La ansiedad es como esa nube gris que nos impide ver la claridad del día.

Muchas gracias por leerme. ¡Hasta la semana que viene!