La diferencia entre cuidar y sobreproteger a nuestros/as hijos/as

¿Qué peligros acarrea sobreproteger a nuestros/as hijos/as?


 

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Llevaba tiempo con ganas de escribir este artículo. Después de impartir varias charlas en colegios, de llevar casos de niños/as y adolescentes en consulta, de analizar programas de televisión en los que los protagonistas son los más peques, de ver a niños/as en el parque, escuchar conversaciones…he llegado a unas cuantas conclusiones que me gustaría compartir con vosotros/as.

Yo no soy madre, y me imagino lo difícil que será desempeñar ese rol. Pero sí fui (y soy) hija y ahora que empiezo a tener algo de sensatez y un poquito de experiencia me he dado cuenta de cosas.

Partimos de que una vez llegamos al mundo somos seres dependientes, dependemos de nuestra madre para alimentarnos de su lactancia, dependemos de los adultos para poder movernos en el espacio, para poder descansar, en definitiva, para poder satisfacer todas nuestras necesidades. Por ello un bebé abandonado tiene muy pocas posibilidades de sobrevivir. Nacemos siendo dependientes, correcto. Pero esa dependencia debe de ir disipándose poco a poco si queremos que nuestro hijo/a adquiera herramientas autónomas para años sucesivos.

Son en estos primeros años de vida en los que la pequeña criatura reside en la famosa “zona de confort”, en la que todo lo conoce (o lo va descubriendo) y todo lo controla. Pero debemos saber que en cuanto empiece el colegio ya va a dar el primer paso hacia la “zona de lo desconocido”, aquella que nos permite atrevernos a las cosas y adquirir seguridad. En la que no todo se puede controlar y empezará a equivocarse, a ser castigado/a si no hace bien las cosas, a necesitar esforzarse para conseguir sus objetivos…etcétera, es decir, a adquirir una mentalidad más autónoma y madura. Algo muy necesario y muy sano.

El primer error que yo percibo es el hecho de “salvar” a nuestro/a hijo/a de todas las situaciones, y de justificarlo/a de sus errores. Ya desde hace muchos años son varios los autores que hablaban de las denominadas emociones vitales, como el miedo, la sorpresa, la alegría, la tristeza…y voy un poco más allá, la frustración. Los niños/as necesitan experimentar estas emociones, SON VITALES, necesitan saborear el fracaso, la vergüenza, la tristeza, la decepción, el dolor, etc. para poder así aprender a manejarlas y gestionarlas de manera adecuada en el futuro. Necesitan equivocarse y, aunque suene un poco duro, pasarlo mal. ¿A qué me refiero? La vida de los adultos no es fácil ni segura, hay muchos obstáculos, muchas situaciones injustas, muchos momentos difíciles…todo esto tenemos asegurado que llegará, por ello es necesario desde pequeños/as haber desarrollado herramientas que nos permitan solventar estas circunstancias y centrarnos en soluciones. Y si no lo hacemos en los primeros años de vida, si llega a adolescente sobreprotegido/a, será más difícil reconducirlo/a y enseñarle a afrontar de manera correcta y beneficiosa muchas situaciones. Todo le costará mucho más.

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Volviendo a mi experiencia como hija, si viajo hasta mi infancia, recuerdo haberme dado golpes dolorosos, sentir miedo a la oscuridad, haber comido tierra y flores, haberme perdido en conversaciones con mis hermanos rodeados de naturaleza y con unos cuantos negrones en las piernas, haber jugado al fútbol un deporte en el que siempre perdía, temerle a los gritos de mi madre cuando hacía algo mal, y temer también el momento en el que abrieran la agenda del cole y vieran la nota de la profesora, recuerdo castigos de mis hermanos, verles heridas o incluso brechas en la cabeza, recuerdo esperar en casa con otro adulto a que mis padres llegaran de trabajar, acostumbrarme a que papá y mamá no siempre podían estar en casa ni siempre podían estar conmigo (ellos también tenían su vida y por ello no dejaban de quererme), recuerdo enfadarme, entristecerme con mi primer suspenso, sentir vergüenza por un juguete que me llevé de clase y, bueno…digamos que así fui aprendiendo. Qué extrañas pueden sonar algunas cosas y qué maravillosos recuerdos son para mí.

Creo que en la actualidad se ha perdido un poco la espontaneidad, la naturalidad y esa tan importante necesidad de que los niños/as experimenten por sí solos/as. Nacemos como una “tábula rasa”, en blanco, y vamos adquiriendo experiencias y emociones que debemos ir identificando para adjudicarles herramientas y saber gestionarlas en el futuro. Es muy perjudicial adquirir la mentalidad de “haga lo que haga, mis padres me salvarán”. Gran error.

La combinación de sobreprotección + dependencia puede llegar a ser muy tóxica, y traducirse a la larga en chantajes, agresividad y manipulación por parte de los hijos/as.

En ocasiones también proyectamos en la vida de nuestros hijos/as nuestra propia vida, nuestros propios errores, y por ello nos esforzamos al máximo para que ellos/as no vivan esas experiencias por miedo a que pasen lo que pasamos nosotros. Y esto es perjudicial. Es otra forma de tener miedo a que experimenten dolor.

¿Cómo aprenderemos si no es a través de nuestros errores? Atrévete a que tu hijo/a tome malas decisiones y se equivoque.

Por todo esto, llega un momento en el que es sano tomar cierta distancia de nuestros progenitores e ir desarrollando nuestra propia moral y nuestro propio panel de emociones. Así, una tarea fundamental en terapia infantil es el trabajo con las mismas y su identificación.

¿Cómo me siento y cómo puedo sentirme mejor? Cuanto antes le den respuesta a esta pregunta, más fácil será todo.

Muchas gracias por leerme. ¡Hasta la semana que viene!

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¿A quién le hace más falta ir al psicólogo, al que hace bullying o a la víctima?

Estoy muy contenta de que por fin se empiece a hablar de bullying o acoso escolar públicamente (por ejemplo, a través de la iniciativa del programa Proyecto Bullying) y empiece a ser un término conocido cada vez por más personas. Y estoy contenta porque es algo que ha existido siempre, sé que durante mucho tiempo sin nombre, pero que ha afectado y afecta mucho a la víctima. Hoy planteo como título de este artículo “¿a quién le hace más falta ir al psicólogo, al que hace bullying o a la víctima?” por una simple razón: el bully (acosador) es quien emite conductas agresivas, burlas, faltas de respeto…hacia quien decide que se convierta en su víctima y esta conducta no es más que un reflejo de su baja autoestima, sus inseguridades y sus malos aprendizajes. Viendo la terapia como una ayuda, una orientación hacia la corrección de nuestros errores, hacia un mayor bienestar…considero que, como mínimo, es igual de necesaria para el acosador y para la persona acosada.

Hablemos del bullying, sus características y su funcionamiento para entender todo esto mejor. De sobra conocemos cómo afecta a la víctima, pero ¿qué sabemos del bully?

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Acosadorvíctima y espectadores, ese es el triángulo del bullying. El acosador suele ser un niño o adolescente varón y la víctima, por tendencia general, una niña. Los niños suelen mostrar agresividad de una manera más física o declarada (pegan o insultan), mientras que las niñas, de ser ellas las acosadoras, lo harán de una manera más sutil o no declarada, lanzando falsos rumores, aislando a la víctima de su grupo de amigas, etc. El acosador no tiene por qué ser ni el más fuerte de la clase ni el más seguro, más bien todo lo contrario. Muchas veces situaciones de desavenencias familiares, malos tratos, inseguridades, etc., son las que se esconden tras la conducta del acosador o bully. El método de éste es dirigir sus burlas, motes, ofensas, amenazas o agresiones hacia alguien que no tiene por qué ser más débil inicialmente, pero que adquiere miedo con el paso del tiempo. Estas conductas de acoso las ven muy recompensantes puesto que el resto de la clase tiende a reírse de sus hazañas o a mantenerse en silencio por miedo a convertirse ellos en las próximas víctimas. Así es como entienden que la violencia les convierte en los “líderes de la clase” y los más dominantes, y esto refuerza su conducta agresiva. También se puede dar la situación en la que los espectadores decidan aliarse con el acosador para así sobresalir más en la clase y ser del grupo de los fuertes; nuevamente, puede ser por miedo a convertirse en una nueva víctima o por necesidad de aprobación social. Todo esto da más fuerza al bully. Digamos que quien asume el papel de acosador ha adquirido el hábito de gestionar mal sus emociones y proyecta sus inseguridades en aquella persona que considera más débil.

Seguro que también os suena el término mobbing que hace referencia al acoso laboral, en el ámbito de trabajo, y en el que curiosamente las actitudes son muy similares, el bully adulto es muy similar al bully adolescente.

Con toda esta información, ¿qué creéis? ¿El que asume el rol de acosador no necesita ir al psicólogo o recibir algún tipo de ayuda, aprender a manejar sus emociones…? Son más visibles las repercusiones en la víctima, pero quizás si trabajamos con el acosador podamos evitar muchas situaciones de bullying.

¡Muchas gracias por leerme!